Hoy tengo que admitir que me penetra su memoria.
Me desean esos breves momentos donde no soy otra que alguien más, que me dejo intoxicar por la ingenuidad de una mortalidad no pretendida.
Que como él yo creo ser de tierra seca, quemada por el sol, turbia, pálida callada y redonda por el viento.
Hoy debo reconocer que me posee la serenata frenética de lo que no se dice, de cómo entre sus dedos larguísimos como las horas de espera, me rendí a aceptar sin remedio que le conocía y me escabullí a sus blasfemias indagando en mi niñez las razones de por qué le bebía. Su sonata hoy es un canto tribal de reencuentros, en los que me dejo poseer por una luz, en donde me dejo embarazar por otra voz, perdida entre fusilamientos, rojiza como Granada, pétrea como Cadaqués, sur-eales ambas como nadie más fue.
Con la melodía del encuentro olvidado, lo dejo que me tenga, que me robe el alma por un instante, que me la cambie por la suya llena de sueños de papel y tinta, que la cargue de piel de arena, de silencio a gritos, de elocuencia herida por las flechas de pintura rancia.
Con la serenata envolviéndome, podemos ser quién queramos.
Con la música ingrata, la danza macabra rusa no acaba.
Con estos dedos te recibí tenue suspiro poeta, y me entregué a la mentira que no soy, victoria del vencido sobre el que torpemente no sabe por dónde mirar, hacia donde andar.
En este espacio irrespirable, instantáneo, de cristal, podemos ser. En este momento que quiebra al reloj me descubro sin sangre, fría, arrastrada por la marea espiral. Qué importa lo que me digan, si sus rusos largos dedísimos siempre a mis estúpidos pensamientos supieron acompañar. Hoy se repliegan a mi espalda, me sugieren… me permiten con vos hablar.
Me deshago a la vez como niebla, por no saber si te imagino o si sos;
una cosa nada más hace que el aire vuelva a pesar como plomo, haciéndolo real completo todo: es tu palabra, es tu letra inmortal sin límites, que no solo se contrajo en palpitaciones de añoranza, sino que materializó sus pretensiones de grandeza, apostándole a la fe antropocéntrica.
Hoy sos grandísimo dentro mío, por tu pasión y tu muerte. Por tu lucha y tu caída. Hoy sos grandísimo por que quizás te idealizo entre uña y vena, entre ceja y marfil. Hoy sos mi consuelo de madrugada porque no dejo de pensar en qué te hiciste, en lo bien que tu mirada me leyó la vida, en lo bien que dijiste lo que yo nunca he podido llorar.
Te utilizo como caparazón oscuro de muerte, mortaja de viuda y lombriz de cultivo. Crecés en mí como vegetal de temporada, como tubérculo fecundo de apuestas al azar. Hoy te elevás como los inmortales, aunque nunca lo sospechaste, hoy sos tan real como mi desconsuelo, sos tan alto como el mar donde tu cabeza brilló sin más.
Me olés a recuerdo, me traés a la piedra, me rompés la cara de familiaridad, me olés a mi misma la que sueño la que detesto, lo que evito resonar.
García Lorca, sos por completo,
… lo que nunca supe abrazar.